Temples + Drowners (GAMM San Francisco, 14-04-2014)

Tú ya sabes que a los que crecimos con el costumbrismo romántico de Morrissey o Brett Anderson nos tocó madurar en las primeras filas de los conciertos de los Strokes, clamando al cielo con la épica mística de los canadienses Arcade Fire o contoneándonos con los ritmos epilépticos de Alex Turner y los suyos. Ahora, más viejos y cansados, acudimos escépticos a las salas y festivales en busca de un relevo generacional que ponga el broche perfecto a la banda sonora de nuestros días.

Y ese ejercicio de fe que es suponer que encontraremos nuevos grupos a los que idolatrar lo podemos encarar de dos maneras bien distintas: incrédulos, vomitando prejuicios y odiosas comparaciones o con la mente abierta y la sola intención de escuchar y disfrutar de nuevos sonidos que tal vez, sólo tal vez, puedan hacernos sentir algo similar a ese cúmulo de emociones y entrañas, recuerdos y sangre de unos años pasados que se empeñan aún en pisarnos los talones.

Ayer, a la fiesta que la productora Popscene organizaba en el Great American Music Hall de San Francisco opté por acudir sin prejuicios ni comparaciones. Ante mí, un cartel que se antojaba desordenado, ecléctico por decirlo de alguna manera. Por un lado, el rock energético de los neoyorquinos Drowners. Por el otro (y a muchísima distancia), los Temples y su psicodelia revival: esa gran esperanza del indie anglosajón.

Drowners. Foto: Marc Hors

A escasos metros de la entrada nos topamos con unos imberbes Drowners. Amables, cercanos y exquisitamente educados: nada nos hizo presagiar el demoledor engranaje de distorsión que estaban a punto de poner en marcha y presentar en San Francisco. Y es que así podríamos definir su concierto de ayer: una máquina de ruido y pop perfectamente engrasada, capaz de dejar sin aliento tanto a las tres primeras filas de teenagers como a los incrédulos barbudos del fondo de la sala. Calentaron motores con el “You’ve got it all wrong” de su primer EP para matarlo con furia, acoples y un ensamblaje perfecto directo al single por antonomasia de su único LP, el coreado “Luv, Hold me Down”. Y lo que a juicio de expertos podría parecer una mala elección (disparar el single a las primeras de cambio y con la sala aún medio vacía) se acabó convirtiendo en una declaración de intenciones en toda regla: Drowners no quieren ser banda de un solo hype.

Llegó el turno de las inevitables comparaciones: escuchando “Watch you change” me vinieron a la cabeza los Libertines de Barat & Doherty, pensé lo mucho que se asemejan en su manera de combinar magistralmente la contundencia con la melodía, la voz pulcra y unas letras casi inocentes con una suciedad y distorsión que sólo se aprecia en el directo y que echo en falta en un disco extremadamente aseado. A partir de aquí, con la sola excepción del agarrado medio tiempo de “Unzip you Harrington”, no tuvimos más remedio que dejar de compararlos asombrados con Strokes o Arctic Monkeys y declararnos vencidos: todos nos querríamos follar a Hitt, salir de copas con el guitarra y meternos en su negra y polvorienta furgoneta para huir con ellos a Tijuana.

Pensé entonces que fueron tan sólo 28 minutos de concierto. 28 apoteósicos minutos. Con ellos se bastaron y sobraron para que en el Great American Music Hall sintiéramos que alguien o algo ha vuelto a apretar esa tecla precisa que activa el principio de la banda sonora de toda una generación. Una generación que, lamentablemente, no es la mía.

Temples. Foto: Marc Hors

Quince minutos y un sorprendente sold out después (el GAMM es lo más parecido a un Apolo de Barcelona: un antiguo teatro con 2 plantas y aforo para unas 800 personas) entraron a escena cuatro ingleses con estética hippie, andróginos hasta límites inimaginables, tímidos y recatados. Temples se presentaban en San Francisco metiéndonos de lleno en una gigantesca masa sonora totalmente caótica: las dos guitarras estridentes ponían a prueba nuestros tímpanos mientras un bombo lento y descompasado parecía latir desde las profundidades del averno. De repente, una melodía al teclado, aguda, intensa y fantasmagórica se abría hueco entre el amasijo de humo y desorden para despertar la primera ovación de un público asombrado y ya, sin ni siquiera haber escuchado una sola canción, totalmente entregado: “Colours to life”. Como hicieran los teloneros neoyorquinos, Temples optaban también por rescatar un tema de sus primeros EPs para empezar. La voz aguda de Bagshaw y su perfecta conjunción con los coros de Smith y Warmsley contrastaba con la energía desatada de Drowners en el show anterior: nos acababan de transportar de la robustez de los clubes sucios y undergrounds de Brooklyn a la etérea fragilidad casi onírica de su aclamado “Sun Structures” (2014 / Heavenly Recordings) en solo 3 minutos. Bienvenidos al maravilloso mundo lisérgico de Temples.

“Prisms” entró suave, sin necesidad de lubricarla y con vocación de anexo perfecto, una cara B digna de otros tiempos. En mitad del caos todo estaba calculado. Los tres primeros temas (“Sun Estructures” se coronó en lo alto del podium inicial) fueron la mejor carta de presentación para un conjunto que escupe en la cara de aquellos que se gustan diciendo cosas como “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Temples saben de rock psicodélico y lo ejecutan con una maestría sorprendente, con una facilidad casi insultante.

Temples. Foto: Marc Hors

Por fin hablan, saludan tímidos y enchufan la base pregrabada de palmas de “A Question Isn’t Answered”. Delay alucinante en los coros, sus voces bajan de lo alto de las nubes, Morrisson baila alrededor del fuego y Tú: tú deberías haber traído LSD en la cartera, joder. Pero claro, no todo serán flores y vino. Después de un principio totalmente eufórico bajan del limbo tratando de lidiar con dos de sus temas más poperos: “The Golden Throne” y “Ankh”. Aunque por momentos nos recuerden a unos primerizos Kasabian (eso no es necesariamente un halago) pienso en que el pop no es lo suyo. Pierden en esa zona, se estrellan tratando de encajar esos cortes en un directo que hasta ahora se antojaba irreprochable.

No todo está perdido. Con “Move With The Season” nos rescatan del tedio y se posicionan: los ritmos lentos son su terreno. Allí ganan por goleada. Aquí haré una mención especial para Sam Toms, el batería: aunque imprescindible, parece que no está, que no existe. Y eso, en esta fórmula atmosférica y vaporosa de los ingleses, es el mayor de los cumplidos.

Sorpresa: Bagshaw se marcha y la banda se queda huérfana de voz. A los pocos minutos, lo que parecía una huída furtiva al backstage se convierte en un serio contratiempo. El resto trata de disimular el descalabro con una horrorosa jam que muestra lo peor de ellos mismos. Al cabo de diez minutos, ya con el escenario vacío y unos pocos silbidos en la audiencia (recuerdo en ese momento que estoy en San Francisco: seguramente en España esos “pocos silbidos” ya serían un abucheo de desproporcionadas dimensiones) el cantante regresa pálido como un muerto, sudoroso y frío, a excusarse. Se disculpa: tocaran una más y se van. Es incapaz de seguir sobre el escenario.

Y claro, cierran con esa suerte de single que es “Shelter Song”, una canción que bebe de los Beatles más ácidos y no se atraganta. Pero, en esta ocasión, ni lo sublime es capaz de maquillar la voz demasiado cansada de Bagshaw (opta por girar el micro hacia el público dado su deplorable estado físico) y acaba siendo éste un final prematuro y descafeinado a una noche que nos acabó dando mucho más de lo esperado.

Fotos: Marc Hors
http://www.marchors.com/temples-drowners

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  • 17/04/2014
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